jueves, 17 de diciembre de 2015

HOMILIA DE APERTURA DEL AÑO DE LA MISERICORDIA EN LA CATEDRAL DE SEVILLA


  1. La misericordia del Señor llena la tierra. Estas palabras del salmo 32 servían como título a mi carta pastoral de comienzo de curso. Ellas constituyen el mejor resumen del Antiguo y del Nuevo Testamento y de la entera Historia de la Salvación. Con ellas como pórtico inauguramos en nuestra Archidiócesis el Jubileo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco por medio de la bula Misericordiae Vultus, con el lema “Misericordiosos como el Padre”

  1. La misericordia es uno de los contenidos esenciales de la revelación cristiana y es también el tema central de las lecturas de este domingo III de Adviento, conocido como domingo Gaudete, en el que la liturgia, por boca del profeta Sofonías, nos invita a la alegría al considerar la grandeza de la misericordia de Dios, que cancela la condena del pueblo de Israel, perdona sus infidelidades y permite la vuelta del destierro de Babilonia.

  1. También nosotros somos destinatarios de la misericordia de Dios, que nace en el seno de la Trinidad Santa, del Padre de las misericordias, el «Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera, y rico en clemencia» (Ex 34,6), que se apiada de la humanidad caída y en la plenitud de los tiempos nos envía a su Verbo, que voluntariamente se le ofrece para encarnarse por obra del Espíritu Santo y llevar a cabo la obra saludable de nuestra redención. Como nos dice el Papa en la bula, Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre,«rico de misericordia» (Ef 2,4). Jesús, a lo largo de su ministerio público, con su palabra, con sus gestos y signos manifiesta de manera definitiva la misericordia de Dios y su amor de Padre.

  1. El rostro de Jesús rezuma piedad, misericordia y amor. Su persona no es otra cosa sino amor, un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Los milagros que realiza, sobre todo con los pecadores, los pobres, los excluidos, enfermos y endemoniados llevan consigo el marchamo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él está falto de compasión. Su misericordia y su compasión tienen su culmen en el Calvario, en el que se inmola libremente por toda la humanidad.

  1. Siguiendo la estela de su Señor, la Iglesia debe ser la casa de la misericordia, del servicio gratuito, de la ayuda, del perdón y del amor. En la bulaMisericordiae Vultus escribe el Papa una frase que ya se ha popularizado y que ninguno de nosotros deberíamos olvidar: “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Sí. La Iglesia nunca debe cansarse de ofrecer misericordia, estando siempre dispuesta a confortar y perdonar. Su misión prioritaria es ser signo y testimonio de la misericordia en todos los flancos de su vida. Todo en la acción pastoral de la Iglesia debe estar revestido de la ternura con que trata a sus hijos. Nada en su anuncio de Jesucristo y en su testimonio ante el mundo debe carecer de misericordia, hasta el punto de que la credibilidad de la Iglesia pasa a través del amor misericordioso y compasivo. El Papa reconoce con humildad que en el pasado, en ocasiones, nos hemos olvidado de caminar por las sendas de la misericordia. La celebración del Jubileo debe ser ocasión para pedir perdón a Dios por nuestras actitudes de prepotencia, por nuestras omisiones cainitas, por pasar de largo ante los dolores, urgencias y sufrimientos de nuestros hermanos.

  1. Desde la experiencia del perdón de Dios, de sentirnos amados y perdonados en el sacramento de la penitencia, nos corresponde a nosotros ofrecer el perdón y la misericordia a nuestros hermanos, reconciliándonos entre nosotros, con nuestros familiares y amigos, rehaciendo relaciones rotas, mirándonos a los ojos, dándonos la mano, y restaurando la paz, la comunión y la concordia. Efectivamente, todos los hijos de la Iglesia hemos de vivir y sentir la experiencia de la misericordia. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que nosotros debemos participar viviendo la entrega y el servicio humilde, haciéndonos siervos y servidores de nuestros hermanos. Nuestras parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y hermandades deben ser oasis de misericordia. La vida de la Iglesia es auténtica y creíble cuando hace de la misericordia su razón de ser. La misericordia es su primera tarea. Ella está llamada a ser testigo veraz de la misericordia, viviéndola como el centro de la revelación de Jesucristo.

  1. El Papa nos invita en el Año Santo a abrir el corazón a cuantos viven en las periferias existenciales, en situaciones de pobreza y sufrimiento, de los que son víctimas aquellos hombres y mujeres que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado por el egoísmo de tantos. Pienso en los enfermos, en los ancianos que viven solos, en los sin techo y, especialmente en los parados adultos y jóvenes, tan numerosos entre nosotros, para los que vamos a crear un centro de reinserción laboral, que quedará como hito o gesto visible del Jubileo.

  1. En este Año los hijos de la Iglesia estamos llamados a curar las heridas físicas y morales que padecen tantos hermanos nuestros, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia, a curarlas con la solidaridad y la debida atención, a practicar las obras de misericordia corporales y espirituales, a compartir nuestros bienes con los necesitados, y no sólo lo que nos sobra, sino incluso aquello que juzgamos necesario. A ello nos ha invitado también Juan el Bautista en el Evangelio de hoy al señalarnos los caminos de la conversión para acoger al Mesías que nace de nuevo para la Iglesia y para el mundo en la ya cercana Navidad.

  1. Todos los hijos de la Iglesia estamos llamados en este Jubileo a una conversión profunda y sincera, a volver a Dios, dispuesto siempre al perdón y a la misericordia que el Padre siempre derrocha con nosotros. Aprovechemos personal y comunitariamente los medios que se nos ofrecen para vivir intensamente este tiempo de gracia y de renovación espiritual. Dediquemos tiempo a la escucha orante de la Palabra, para contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida. Reconciliémonos con el Señor y con la Iglesia por medio de una buena confesión.

  1. El Papa nos pide que situemos en el corazón del Jubileo el sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia, del perdón y de la reconciliación con Dios y con los hermanos, haciendo todos los esfuerzos que estén en nuestra mano para recuperar este hermosísimo sacramento, de modo que ocupe el lugar que le corresponde en nuestra vida personal y comunitaria, como manantial de fidelidad y de santidad, como sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios, en el que experimentamos en carne propia la grandeza de la misericordia de Dios y la alegría que produce en el alma su perdón.

  1. Peregrinemos a nuestra catedral, a las cuatro basílicas jubilares y a los dos santuarios señalados, que deberán facilitar a los fieles la recepción del sacramento del perdón. Crucemos la Puerta santa de la misericordia, puerta que no es otra que Jesucristo, pues Él mismo nos dice en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos” (Jn 10, 7-9).

  1. Esto quiere decir que el fin último del Jubileo es el encuentro con Jesucristo, que trasforma nuestra vida, le da un nuevo sentido, una esperanza renovada, una alegría recrecida y rebosante y una sorprendente plenitud. Es la experiencia de los apóstoles, de Pablo, de la Samaritana, de Zaqueo, del Buen Ladrón, de los santos y de los millones de hombre y mujeres que a lo largo de la historia de la Iglesia se han encontrado con Jesús, pues como nos dice el papa Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium“la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

  1. El Jubileo nos invita a salir de la tibieza, la mediocridad y del aburguesamiento espiritual, y a restaurar la soberanía de Dios en nuestra vida, porque la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en Él.

  1. Os invito, pues, a poneros en camino al encuentro con el Señor en este Adviento y a lo largo de todo el año. Os invito a peregrinar individualmente o en grupo a las iglesias jubilares de acuerdo con el calendario previsto para los distintos sectores pastorales, abriendo nuestros corazones a la indulgencia jubilar. Con san Pablo os invito a dejaros reconciliar con Dios, que está siempre dispuesto, como en el caso del hijo pródigo, a acogernos, a recibirnos, a abrazarnos y a restaurar en nosotros la condición filial. Que el Jubileo sea para todos un acontecimiento de gracia y de intensa renovación espiritual. Que ninguno de nosotros echemos en saco roto la gracia de Dios que va a derramarse a raudales sobre nosotros en esta nueva Pascua, en este nuevo paso del Señor junto a nosotros, a la vera de nuestras vidas, para convertirlas, recrearlas y renovarlas. Que todos le abramos con generosidad las puertas de nuestros corazones y de nuestras vidas.

  1. Intercede por nosotros la Santísima Virgen, en su título de los Reyes, que ha venido a nuestro encuentro en esta ocasión excepcional. Nadie como ella ha experimentado la misericordia de Dios, que se derrama sobre ella y la envuelve con su gracia en su concepción, en la anunciación y en su asunción a los cielos. En el Magnificat la Santísima Virgen, celebra la misericordia de Dios, que llega a sus fieles de generación en generación. Que ella, reina y madre de misericordia, como la invocamos en la Salve, nos ayude en nuestra conversión y nos conceda gozar de la alegría y el júbilo que son consustanciales al Jubileo que hoy iniciamos. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

jueves, 3 de diciembre de 2015

AÑO DE LA MISERICORDIA



ANTIGUA Y FERVOROSA HERMANDAD Y COFRADIA DEL
SANTISIMO SACRAMENTO, DIVINA PASTORA DE LAS ALMAS Y
ANIMAS BENDITAS DEL PURGATORIO

DOS HERMANAS

DIPUTACION DE CULTOS

12 CLAVES PARA ENTENDER EL AÑO DE LA MISERICORDIA

La Iglesia nos transmite la increíble noticia de que el perdón auténtico existe para el hombre, no es sólo una leyenda, (algo bellísimo, pero inalcanzable). ¡No! Jesús ha destruido «la nota de cargo que había contra nosotros; y la ha suprimido clavándola en la cruz» (Col 2, 14). Ha destruido todo. «Ninguna condenación pesa ya para los que están en Cristo Jesús» (Rm 8, 1). ¡Ninguna condenación! ¡De ningún tipo!
Es por eso que, como primer deber antes de empezar este tiempo de gracia que es el Año Santo de la Misericordia, debemos creer que esa misericordia es real. Interiorizar lo que significa en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. ¡No podemos, como cristianos, dejar cerrada la puerta de la misericordia que un Dios lleno de amor nos está abriendo de par en par! ¡Entremos de lleno en este misterio! preparémonos para entrar por esa puerta santa que pronto se abrirá y dejemos atrás todos los miedos y dudas que nos lo impiden. En la Misericordiae Vultus (el rostro de la misericordia), la bula de convocación para este año extraordinario, el Santo Padre nos da puntos fundamentales.
Les dejamos los 12 elementos clave (todos ellos tomados del texto de la bula), que a nuestro parecer, nos ayudarán a comprender que significa este tiempo de gracia:

1. El Llamado a la Iglesia de contemplar el misterio de la misericordia: Como un don recibido gratuitamente que trae consigo la responsabilidad de anunciarlo.

2. Reconocer a Dios como un Padre que jamás se da por vencido hasta que no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia: “Porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón”.
3. La Apertura de la Puerta Santa como símbolo de un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe: La Iglesia quiere ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.
4. Que la Iglesia y las parroquias sean oasis de misericordia: El Papa remarca como cada Iglesia particular estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual para acoger a todos con misericordia.
5. Ser misioneros de la misericordia: “Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36)”.

6. Impulsar las peregrinaciones como estímulo para la conversión: “Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio”.

7. Redescubrir las obras de misericordia corporales y espirituales: “El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros”.

8. Vivir la cuaresma con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios: En la meditación y la escucha atenta de la Palabra de Dios.

9. Fomentar la iniciativa de las “24 horas para el Señor” para que más personas se acerquen al sacramento de la Reconciliación: “Durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el confesionario será la Puerta Santa del alma”.

10. Promover la indulgencia por la que Dios hace evidente este amor que es capaz de destruir el pecado de los hombres: Es necesario comprender que la reconciliación con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia.

11. Tiempo oportuno para cambiar de vida. Tiempo para dejarse tocar el corazón: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma”. 4

12. Que nuestro pensamiento se dirija a María madre de la misericordia: Para que en la mirada de María podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios.

lunes, 30 de noviembre de 2015

TOMA DE POSESIÓN DE LA NUEVA JUNTA DE GOBIERNO

El sábado 28 de noviembre, y durante la celebración de la Eucaristía en el Sagrario de nuestra Parroquia, tomó posesión de sus cargos la nueva Junta de Gobierno de nuestra Corporación, que salió del Cabildo General de Elecciones celebrado el 15 de noviembre y una vez que fue ratificada por la Autoridad Eclesiástica el pasado día. 23. Le celebración de la Santa Misa estuvo presidida por nuestro Vicario Parroquial Don Rafael.

miércoles, 18 de noviembre de 2015




ANTIGUA Y FERVOROSA HERMANDAD Y COFRADIA DEL
SANTISIMO SACRAMENTO, DIVINA PASTORA DE LAS ALMAS Y
ANIMAS BENDITAS DEL PURGATORIO

DOS HERMANAS

DIPUTACION DE CULTOS

LA FIESTA DE CRISTO REY DEL UNIVERSO
Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, hacia el Reino de Dios. "Si, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Así como el demonio tentó a Eva con engaños y mentiras para que fuera desterrada, ahora Dios mismo se hace hombre y devuelve a la humanidad la posibilidad de regresar al Reino, cuando cual cordero se sacrifica amorosamente en la cruz.
Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.
La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejo Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.
Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.
"Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tu me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos si están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. ...No te pido que los retires del mundo, sino que los guarde del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad." (Jn 17, 9-11.15-17)
Ésta es la oración que recita Jesús antes de ser entregado y manifiesta su deseo de que el Padre nos guarde y proteja. En esta oración llena de amor hacia nosotros, Jesús pide al Padre para que lleguemos a la vida divina por la cual se ha sacrificado: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros." Y pide que a pesar de estar en el mundo vivamos bajo la luz de la verdad de la Palabra de Dios.
Así Jesucristo es el Rey y el Pastor del Reino de Dios, que sacándonos de las tinieblas, nos guía y cuida en nuestro camino hacia la comunión plena con Dios Amor.

Un poco de historia
Último domingo del Año Litúrgico. Dando paso a la celebración del Adviento, tiempo de espera al nacimiento del Hijo de Dios.
Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si queremos conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, se puede leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.